Milei y Kiciloff
Las dos caras de la
misma moneda.
Los últimos símbolos del
globalismo en la Argentina parecen condensarse en dos figuras centrales. Por un
lado, el presidente de la Nación, cuya llegada al poder se explica en gran
medida por el fracaso de dos gobiernos consecutivos y por el profundo enojo
social. Por el otro, el gobernador de la provincia más poblada del país,
señalado como uno de los responsables de la derrota del peronismo en 2015
debido a sus decisiones económicas.
Ambos son licenciados en Economía
y, en el ejercicio del poder, han exhibido importantes falencias en la gestión
de la disciplina que estudiaron. Ninguno cuenta con un recorrido destacado en
el sector privado, Milei fue un empleado más del Grupo América, mientras que
Kicillof administró un bar que quebró en 2001. Sus principales antecedentes
laborales provienen del Estado. Resulta paradójico que uno de ellos, crítico
acérrimo del Estado en su discurso, haya llegado a la Presidencia; mientras que
el otro cuestiona la última década peronista, período en el que el sector
privado creció a tasas significativas.
Ninguno de los dos construyó su
identidad política desde el sector privado. Sus carreras se desarrollaron casi
exclusivamente dentro del Estado, ya sea como asesores, funcionarios o figuras
públicas financiadas por recursos públicos. Esta dependencia estructural no es
un detalle menor: condiciona su mirada sobre la economía, su relación con el
poder y su comprensión —o falta de comprensión— de la producción y la creación de
trabajo.
En el ejercicio del gobierno, las
convergencias se vuelven más visibles. Milei impulsa un programa económico que,
en nombre de la libertad de mercado, acelera el cierre de pymes, tensiona
derechos laborales y profundiza la recesión. Kicillof, desde la provincia más
grande del país, convalida índices de inflación oficiales que la ciudadanía
percibe como irreales, ajustando salarios públicos por debajo del costo de
vida. Ambos trasladan el peso del ajuste al mismo actor: el trabajador.
Mientras uno impulsa medidas
económicas que provocan el cierre de miles de pymes y promueve leyes que restringen
el derecho a la protesta, el otro advierte a los gremios con quitarles la
personería si realizan paros.
La política exterior tampoco
marca diferencias sustantivas. Aunque sus discursos parezcan incompatibles, los
dos sostienen una relación funcional con China. Milei habilita el ingreso de
productos sin aranceles, debilitando aún más a la industria local. Kicillof,
por su parte, nunca delineó una estrategia clara de reindustrialización que
contrarreste la dependencia de importaciones.
El terreno comunicacional revela
otra coincidencia: la utilización de recursos estatales para sostener guerras
digitales. Ambos gobiernos recurren a estrategias agresivas en redes sociales,
amplificadas por granjas de bots, para moldear la conversación pública y
deslegitimar adversarios. Esta práctica, cada vez más extendida, erosiona la
calidad del debate democrático y desplaza la discusión hacia un terreno donde
la confrontación importa más que las ideas.
Finalmente, la afinidad con el
endeudamiento y con el sector financiero completa el cuadro. Tanto la Nación
como la Provincia recurren al crédito como herramienta central de gestión, aun
cuando esa estrategia profundiza la vulnerabilidad estructural del país. La
retórica cambia, pero la lógica se mantiene: financiar el presente a costa del
futuro.
En su afinidad con el sector
financiero y su inclinación por la deuda, Milei y Kicillof terminan
pareciéndose más de lo que sus discursos sugieren: dos caras de una misma
moneda.
Por un Paraíso de Puro Amor
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