Del guapo del 900 al hombre
therian:
identidad, comunidad y derrota del hombre heterosexual argentino.
Por un Paraíso de Puro Amor
Desde la crisis económica y
social profundizada durante el gobierno de Alberto Fernández, y luego bajo un
presidente con una conducción política desconectada de la realidad cotidiana
del pueblo, se observa un proceso sostenido de erosión de la identidad
masculina en la Argentina. No se trata únicamente de fallas de gestión, sino de
un fenómeno más profundo que involucra transformaciones estructurales en el
trabajo, la cultura, la familia y el Estado, junto con un proceso de
desnacionalización cultural que Hernández Arregui denunció hace décadas. La
identidad del hombre argentino, antes sostenida por la comunidad, el trabajo y
la familia, se encuentra hoy desanclada, fragmentada y sin horizonte.
Históricamente, el ideal de
masculinidad construido entre los siglos XIX y XX se apoyaba en la lealtad, el
coraje, la responsabilidad familiar y comunitaria que se ejercía en el barrio .
Ese modelo articulaba dimensiones productivas, reproductivas y simbólicas:
trabajo estable, oficio, sindicalización, sostén del hogar, palabra firme y
autoridad moral. Fue ese arquetipo el que permitió la formación de sindicatos
fuertes, la defensa colectiva de derechos y la resistencia frente a regímenes
autoritarios. El guapo, como figura de honor y coraje popular, representaba un
tipo humano profundamente nacional, un hombre que no se arrodillaba y que
defendía al compañero.
Hoy ese arquetipo se encuentra en
crisis estructural. La precarización laboral, la pérdida de estabilidad y la
imposibilidad de acceder a la vivienda han erosionado las bases materiales que
sostenían la identidad masculina tradicional. Sin trabajo digno ni protección
social, el varón pierde su rol de proveedor, su lugar en la estructura familiar
y su sentido de utilidad social. La psicología social muestra que cuando el
trabajo, la pertenencia grupal y la familia se debilitan, el sujeto queda
desorganizado, sin referencias simbólicas y sin proyecto. La doctrina peronista
lo interpreta como la ruptura del lazo entre el hombre y la comunidad
organizada.
A este proceso se suma la
colonización cultural que Arregui describió como una larga operación de
sometimiento mental. La cultura de masas globalizada ha reemplazado la cultura
nacional, imponiendo hipersexualización, consumo vacío, entretenimiento degradado,
vínculos virtuales y culto al individualismo. El hombre argentino, sin defensas
simbólicas, cae en una vida fragmentada, sin raíces y sin sentido. La cultura
del placer inmediato reduce la capacidad de concentración y reflexión,
generando sujetos vulnerables a la manipulación. La ética del honor ha sido
reemplazada por una lógica de aguante marginal que normaliza la permanencia en
la miseria material y espiritual.
En este contexto, muchos hombres
desarrollan mecanismos de defensa que incluyen el consumo de contenido sexual
digital, la sustitución de vínculos afectivos por relaciones virtuales y la
evasión mediante sustancias psicoactivas. La familia, concebida por el
peronismo como célula básica de la comunidad organizada, se encuentra
debilitada. La falta de vivienda, empleo y estabilidad emocional dificulta la
formación de hogares, genera vínculos frágiles y masculinidades sin anclaje
institucional. La crisis del hombre argentino es, en el fondo, una crisis de
reproducción social y una crisis de la Nación.
El antiguo guapo ha sido
reemplazado por un sujeto emocionalmente frágil, impulsivo, con baja tolerancia
a la frustración y sin identidad colectiva firme. La masculinidad deja de ser
un proyecto ético y se convierte en una identidad defensiva marcada por la
precariedad y la ansiedad. La psicología social lo describe como desbordamiento
emocional por falta de contención grupal. El pensamiento nacional lo entiende
como pérdida de la conciencia nacional y del hombre comunitario.
La dirigencia política, tanto del
llamado campo nacional-popular como del oficialismo, se muestra funcional a
esta situación. Un sujeto deprimido, aislado y precarizado difícilmente se
moviliza. La despolitización y el agotamiento emocional operan como mecanismos
de control social. Arregui advertía que las clases dirigentes argentinas han
actuado históricamente como agentes locales de intereses extranjeros,
manteniendo al pueblo desorganizado y sin conciencia nacional. Un pueblo sin
identidad es un pueblo sin fuerza, y un hombre sin comunidad es un hombre sin
destino.
Lo que emerge es un nuevo régimen
de subjetividad masculina caracterizado por pérdida de identidad, precariedad
estructural, vínculos frágiles, consumo compulsivo y debilitamiento de la
agencia colectiva. La doctrina peronista, concluye que cuando se destruye el
trabajo, la familia, la comunidad y la cultura nacional, se destruye al hombre.
La reconstrucción no puede ser individual. Debe ser colectiva, organizativa,
solidaria y profundamente nacional.
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